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No todos somos clase media

En Argentina, decir “soy de clase media” parece una definición sencilla. Sin embargo, cuando se intenta responder qué significa realmente pertenecer a ese sector, la respuesta se vuelve bastante más compleja. ¿Alcanza con mirar cuánto gana un hogar? ¿Qué lugar ocupan el trabajo, la educación, la vivienda o las redes familiares? ¿Y qué sucede cuando las condiciones de vida cambian?

No todos somos clase media

La pregunta no tiene una única respuesta porque tampoco existe una única manera de definir una clase social. Leopoldo Tornarolli, magíster en Economía de la UNLP, profesor de Política Económica I e investigador senior del Centro de Estudios Distributivos, Laborales y Sociales (CEDLAS) de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Plata, explica que la idea de clase social proviene principalmente de la tradición sociológica y que, en la actualidad, combina factores socioeconómicos y culturales que van mucho más allá de los ingresos.

Desde la sociología, Leticia Muñiz Terra, directora del Centro Interdisciplinario de Metodología de las Ciencias Sociales (CIMeCS-IdIHCS), profesora titular de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación de la UNLP e investigadora del CONICET, parte de una situación que puede resultar familiar. Personas con condiciones económicas, laborales y educativas muy diferentes suelen identificarse como de clase media. Pero sentirse de clase media y ocupar sociológicamente una posición de clase media no necesariamente son la misma cosa.

¿Cuántas clases sociales existen?

Una primera dificultad aparece cuando intentamos ponerle números a algo que, en realidad, es bastante más complejo.

Tornarolli señala que en Argentina no existe una medición oficial nacional de las clases sociales. Las mediciones disponibles suelen simplificar el concepto y utilizar principalmente los ingresos para establecer categorías. En otros casos incorporan también variables como el nivel educativo, el tipo de empleo, la propiedad de la vivienda, otros bienes, los ahorros, los consumos o el lugar de residencia.

Además, explica que la mayoría de los estudios no se limita a dividir a la población en tres grupos, clase baja, media y alta. Se utilizan más de tres clases o estratos y, especialmente, se realizan subdivisiones dentro de la propia clase media.

“Un ejemplo es el Instituto de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires (IDECBA), que utiliza seis categorías. Indigencia, pobreza no indigente, no pobre vulnerable, sector medio frágil, clase media y sector acomodado. En esa clasificación, para un hogar con determinadas características en CABA, la categoría de clase media se ubica en un rango de ingresos que va de 2,6 a 8,3 millones de pesos mensuales”, explica Tornarolli.

Pero esa clasificación no significa que la clase social pueda reducirse a una cifra. El propio economista advierte que no existe una frontera inequívoca entre clases sociales basada en el ingreso. Lo que muchas veces se presentan como mediciones de clase son, estrictamente, estadísticas sobre estratos sociales o niveles socioeconómicos.

Muñiz Terra propone otra forma de ordenar la estructura social. En sus investigaciones distingue tres grandes grupos: “clase de servicios, clase intermedia y clase trabajadora. La clase de servicios incluye, por ejemplo, profesionales, gerentes y administradores. La clase intermedia reúne empleados no manuales, pequeños propietarios, trabajadores por cuenta propia, técnicos y supervisores. La clase trabajadora comprende principalmente a trabajadores manuales calificados y no calificados”.

Son, entonces, dos formas diferentes de aproximarse a una misma realidad. Una clasificación puede construirse a partir de variables económicas y sociales utilizadas para medir y comparar poblaciones. Otra puede partir de la posición que ocupan las personas en la estructura social, especialmente a partir de su situación ocupacional y sus relaciones laborales.

El ingreso dice una parte de la historia

Si las clasificaciones pueden ser diferentes, hay una pregunta que aparece inevitablemente. ¿Por qué se habla tanto de cuánto gana una familia cuando se intenta saber si pertenece o no a la clase media?

Tornarolli explica que el ingreso es el criterio más utilizado por las consultoras que realizan mediciones sobre el tamaño de las distintas clases sociales que luego circulan en los medios. Es una variable que permite establecer categorías y observar cómo evolucionan.

Desde esa perspectiva, la evolución de la clase media puede vincularse con la evolución de la pobreza. Cuando la pobreza cae, explica el economista, la clase media tiende a expandirse, ya sea en sus segmentos medio-bajo, medio-medio o medio-alto. Cuando la pobreza aumenta, ocurre lo contrario.

Pero el ingreso tiene un límite para explicar por sí solo dónde está ubicada una persona en la estructura social.

“Los ingresos son importantes, pero no alcanzan”, plantea Muñiz Terra. Para comprender las desigualdades también hay que observar qué trabajo tiene una persona, qué relación laboral establece, qué estabilidad posee, qué recursos educativos tiene disponibles, cuáles son sus redes sociales, qué posibilidades recibió de su familia y qué margen de acción tiene frente a una crisis o a un cambio en el mercado de trabajo.

En ese punto, las dos miradas vuelven a encontrarse. Tornarolli también señala que el concepto actual de clase social contempla cuestiones como el tipo de empleo, el acceso a educación y salud, la vivienda, los servicios sociales y los consumos culturales.

No es lo mismo ganar menos que bajar de clase

La diferencia entre ingresos y posición social se vuelve especialmente visible cuando las condiciones económicas empeoran.

Para Tornarolli, “bajar de clase” supone algo más que una pérdida de ingresos o, al menos, que una pérdida temporal.” Puede significar dejar de poder pagar una prepaga y pasar a depender del sistema público de salud porque ya no se cuenta con un trabajo registrado o con ingresos suficientes. También puede implicar cambiar a los hijos de una escuela privada a una pública, abandonar estudios por la necesidad de trabajar, mudarse a una vivienda de peores condiciones, reducir consumos, dejar de salir de vacaciones o utilizar los ahorros para sostener la vida cotidiana”.

La mirada de Muñiz Terra permite agregar otra dimensión a ese descenso. No se trata solamente de qué ocurre en un momento determinado, sino de cómo las personas llegan hasta allí y qué recorrido realizaron. Por eso sus investigaciones incorporan la noción de trayectoria y reconstruyen los recorridos educativos y laborales a lo largo del tiempo.

Una persona puede permanecer en una posición semejante a la de su familia de origen, ascender, descender o moverse entre distintas posiciones. Y esos movimientos no necesariamente son definitivos. Las investigaciones de Muñiz Terra encontraron trayectorias en las que las personas ascienden y después descienden, o descienden y posteriormente recuperan posiciones anteriores.

Para entender esas diferencias, la sociología incorpora una dimensión que no aparece cuando solamente se mira el ingreso mensual. Las familias transmiten mucho más que dinero. Muñiz Terra, siguiendo a Pierre Bourdieu, distingue diferentes tipos de capital. “El económico refiere a los recursos materiales; el social, a las relaciones y contactos; el cultural, a conocimientos, disposiciones y credenciales educativas; y el simbólico, al reconocimiento o legitimidad asociados a esos recursos”, describe la investigadora.

Eso puede traducirse en situaciones muy concretas. Una familia puede transmitir la posibilidad de estudiar sin necesidad de trabajar, contactos que faciliten el acceso a un empleo, conocimientos de determinados oficios, expectativas de llegar a la universidad, idiomas, viajes o familiaridad con determinados espacios culturales.

Pero esos recursos tampoco determinan automáticamente el recorrido de una persona. Las investigaciones muestran que quienes los reciben pueden apropiarse de ellos, transformarlos, resignificarlos, tomar distancia o abandonarlos.

La educación aparece, en este sentido, como un mecanismo especialmente importante para algunas trayectorias de ascenso. Sin embargo, tampoco funciona de manera aislada. Para que una persona pueda terminar una carrera universitaria, por ejemplo, importa si durante esos años cuenta con apoyo económico familiar o si necesita trabajar intensamente para mantenerse.

Frente a una crisis, no todos tienen el mismo margen

Es ahí donde la idea de clase media deja de ser solamente una categoría estadística y empieza a mostrar diferencias en las posibilidades concretas de afrontar una dificultad.

Tornarolli señala que una caída en las condiciones económicas puede afectar distintos aspectos de la vida cotidiana. No es solamente una cuestión de tener más o menos dinero, sino de qué cosas pueden sostenerse cuando ese ingreso disminuye.

Muñiz Terra observa algo similar desde el análisis de las trayectorias. Las distintas clases no están igualmente expuestas a los cambios del contexto. Las posiciones más favorecidas cuentan generalmente con recursos que permiten amortiguar las crisis y ampliar las posibilidades de elección. Las clases intermedias y, especialmente, las trabajadoras son más sensibles a los vaivenes económicos y a las políticas públicas.

También el descenso social tiene características diferentes según el punto de partida. En las trayectorias desde la clase intermedia hacia la trabajadora aparecen con mayor frecuencia la interrupción de estudios, el abandono de expectativas educativas y recorridos laborales inestables o vinculados con empleos manuales y domésticos.

Frente a esas dificultades, las personas también desarrollan estrategias. Muñiz Terra identifica, entre ellas, la “lógica de rebusque”, que puede llevar a combinar varios empleos, aprender distintos oficios, incorporarse a cooperativas o realizar capacitaciones para sostener o recuperar una posición.

Una clase que no es una fotografía

Las dos miradas permiten alejarse de una idea demasiado sencilla de la clase media. No se trata solamente de cuánto dinero entra en un hogar en un determinado momento ni tampoco de una identidad que las personas adoptan para definirse.

Para Tornarolli, “las estadísticas permiten aproximarse a la distribución de los niveles de vida, pero la idea de clase social es más compleja que esas categorías”. Para Muñiz Terra, “esa complejidad también aparece cuando se observan las trayectorias y las desigualdades en los recursos con los que las personas cuentan para sostener o transformar su posición”.

“Por eso, dos personas con ingresos similares pueden tener condiciones y posibilidades diferentes. Y también una misma persona puede atravesar distintas posiciones sociales a lo largo de su vida”.

Decir “soy de clase media” puede expresar algo importante sobre cómo alguien se percibe y cómo interpreta su lugar en la sociedad. Pero para analizar esa posición hay que mirar bastante más. Qué trabajo tiene, qué relación laboral sostiene, qué recursos educativos posee, de qué familia proviene, qué pudo heredar y qué trayectoria educativa y laboral fue construyendo.

La clase media, entonces, puede medirse de distintas maneras, pero difícilmente pueda explicarse con una sola cifra. Detrás de cada categoría hay condiciones de vida, recursos, oportunidades y recorridos diferentes. Y también una historia que no termina en el ingreso que aparece este mes en el recibo de sueldo.

Las miradas de la economía y la sociología no ofrecen una única definición de clase media. Pero al ponerlas en diálogo permiten observar algo en común, la dificultad de explicar las desigualdades sociales mirando una sola variable.

El ingreso permite construir mediciones y observar tendencias. Pero la posición social también está relacionada con el trabajo, la educación, la vivienda, la salud, los vínculos, los recursos familiares y las trayectorias que cada persona construye a lo largo del tiempo.

Por eso, cuando alguien dice “soy de clase media”, esa identificación cuenta algo importante sobre cómo percibe su lugar en la sociedad. Pero para comprender su posición social hay que mirar bastante más. Qué trabajo tiene, qué relación laboral sostiene, de qué familia proviene, con qué recursos cuenta, qué pudo heredar y qué recorrido educativo y laboral construyó.

La clase media, entonces, no es solamente una cifra ni una identidad. Es una posición social que puede sostenerse, transformarse o perderse, y cuya historia está atravesada tanto por las condiciones económicas como por los recursos, las oportunidades y las decisiones que se despliegan a lo largo de una vida.

Fuente: Universidad Nacional de La Plata

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