Nayla Pis Diez*
El 28 de junio de 1966, el presidente Arturo Illia fue desalojado del gobierno por un golpe de Estado encabezado por Juan C. Onganía. Comenzaba la llamada Revolución Argentina, un régimen autoritario, sin plazos pero con objetivos claros: transformar la estructura económica y el orden político del país. Casi la única manifestación inmediata de hostilidad se dio en las universidades, ya colocadas en la mira de la opinión pública debido a la supuesta “infiltración marxista” que las atravesaba. Para comprender este suceso debemos recuperar el clima de ideas, es decir, la lógica de la Guerra Fría latinoamericana, comandada por Estados Unidos y su Doctrina de Seguridad Nacional. De acuerdo a esta, el accionar de las Fuerzas Armadas tenía la finalidad de combatir del “enemigo interno”, preservar los valores y el orden occidental, democrático y cristiano fronteras adentro.
Pero aquella concepción sobre las universidades no comenzó en 1966 ni fue contestada exclusivamente con represión. Durante buena parte del gobierno de Illia en todas las universidades del país se vivieron protestas masivas, por razones de índole universitaria (como el aumento presupuestario) o más bien política, nacional e internacional. Las movilizaciones constituyeron una suerte de ciclo durante los años 1962-1965, logrando además articularse con las acciones del Plan de Lucha de la CGT entre 1963 y 1965 y con las protestas contra el envío de tropas argentinas a República Dominicana (en el marco de una invasión estadounidense sobre dicho país). En La Plata, las demandas presupuestarias y gremiales, marcaron fuertemente el tono de los primeros años sesenta, que algunos llegaron a describir como “triste panorama” y “agotamiento” para una “universidad que está sola y espera”.
De acuerdo al especialista Pablo Buchbinder, durante esos años se impuso la doble percepción del movimiento estudiantil: como una amenaza al orden; y de las universidades como centros de “infiltración comunista” , tan extendidas en una parte de la política, las Fuerzas Armadas y la opinión pública.
La “resistencia activa” de la universidad platense
El mismo 28 de junio de 1966, la UNLP fue clausurada e intervenida militarmente. A los pocos días, la actividad comenzó a reanudarse con la sesión de su Consejo Superior. Las posiciones respecto del cambio de gobierno fueron más bien ambiguas pues los consejeros no lograron una caracterización común respecto de si se había dado un golpe de Estado o una “revolución nacional”. Finalmente, se aprobó una declaración que llamó a la defensa de la autonomía y las libertades públicas.
El 30 de julio fue sancionado el Decreto-Ley n.º 16.912, al tiempo que el primer día de agosto se suspendieron las clases, que recién se reanudarían en septiembre. El Decreto suprimía el gobierno tripartito y obligaba a los rectores y decanos a transformarse en interventores del Ministerio del Interior. En Buenos Aires, varias facultades fueron ocupadas por estudiantes y docentes. En las unidades de Exactas y de Filosofía y Letras, la Policía Federal llevó a cabo un violento desalojo que dejó un saldo importante de heridos y detenidos, además de imágenes de fuerte impacto y circulación internacional. Este hecho fue nombrado por la prensa como la “Noche de los Bastones Largos”.
Si bien se ha caracterizado la coyuntura de 1966 como un “parteaguas” en la historia de las universidades, son diversos los estudios que hoy proponen no generalizar a partir de una imagen demasiado asociada a los sucesos acaecidos en Buenos Aires. Claudio Suasnábar, en un trabajo pionero sobre el golpe en la Universidad de La Plata describe un escenario caracterizado, por un lado, por la inexistencia de renuncias masivas; por otro, por una “convivencia obligada” entre los interventores y un claustro de profesores casi intacto que manifestaba abiertamente su desacuerdo con el régimen. No tuvo lugar en la UNLP un hecho similar al de la fuerte represión ejercida en la UBA. Esto, de alguna manera, nos ayuda a comprender la posición asumida por los y las docentes platenses, con un margen de acción mayor al que tenían sus pares porteños.
A tono con este escenario general, podemos decir que el desacuerdo masivo con el régimen militar se expresó en La Plata a través de tres líneas de acción ( o tres formas de resistencia). Primero, al nivel de las autoridades sí existieron renuncias importantes. Entre el 30 de julio y el 4 de agosto dejaron sus cargos el rector Roberto Ciafardo y los decanos de las nueve Facultades, también los directores de las Escuelas Superiores de Bellas Artes y Periodismo y de los cuatro colegios universitarios. A las renuncias se sumaron las autoridades de Radio Universidad, de la Biblioteca Pública y de diversos institutos. Incluso, renunció también el rector de la Universidad Tecnológica Nacional, Juan Sábato.
En segundo lugar, se establecieron asambleas interclaustro permanentes en la mayor parte de las Facultades, y en algunos casos los Consejos Académicos se declararon en sesión permanente. El día 6 de agosto, El Día informó que varios núcleos de profesores, Jefes de Trabajos Prácticos (JTP) y ayudantes de diversas Facultades se habían pronunciado. Así, en Derecho 35 profesores se posicionaron contra el golpe pero llamando a permanecer en las aulas, Silvio Frondizi entre ellos; en Ciencias Naturales y Museo, 53 docentes declararon el apoyo a la renuncia de Ciafardo; en Humanidades, un grupo de 50 Ayudantes y JTP llamó a la “resistencia activa” y a la permanencia en las cátedras; en Ingeniería, 30 docentes emitieron una declaración que enfatizaba “el daño irreparable que dejará al país la aceptación de renuncias”. Con el correr de los días se sumaron espacios de graduados de Derecho y Arquitectura, investigadores de Medicina (con una declaración de 54 firmas), de Humanidades (con 46 firmas, Rodolfo Agoglia, entre ellos). Asimismo, 63 docentes de Química y Farmacia se posicionaron contra el golpe y solicitaron el rechazo de las renuncias en la Facultad de Exactas de la UBA. Siguiendo el día a día del mes de agosto, contabilizamos más de veinte declaraciones firmadas por un total de 500 docentes (de todas las jerarquías) y personal de investigación que, en general, llamaban a no adoptar la renuncia como medida de lucha.
La excepción la encontramos en Arquitectura donde renunciaron 80 docentes, con apoyo del Centro de Estudiantes. Se sumaron a esta medida tres profesores de Humanidades que también hicieron públicas sus renuncias, entre ellos, el jefe del Departamento de Ciencias de la Educación, Ricardo Nassif. En ambas Facultades, los Centros de Estudiantes estaban conducidos por agrupaciones reformistas de izquierda, donde primaba el comunismo. No obstante el apoyo prestado a estas decisiones, las organizaciones estudiantiles platenses no propiciaron las renuncias, al contrario, recuerda un militante de Humanidades al respecto: Nosotros tratamos de mantener la estructura de la universidad, tratar de evitar que se desmembrara. Porque muchos profesores querían abandonar, llevamos un planteo de resistencia dentro de la universidad.
Se desarrolló también una tercera forma de resistencia: la actividad estudiantil, heterogénea, pero encabezada por una FULP que asumió una actitud opositora inmediata. Como se dijo, tanto el reformismo como el movimiento estudiantil platense estaban atravesados por corrientes internas que, tras el golpe militar, continuaron e incluso se acentuaron. Los Centros de Estudiantes de Humanidades, Bellas Artes, Arquitectura, Medicina y Naturales, dirigidos por agrupaciones reformistas de izquierdas, elaboraron sus declaraciones en conjunto, con un tono menos corporativo y más político que las emitidas por la FULP, conducida por un bloque de grupos también reformistas pero de orientación “democrática” y declaradamente anticomunistas. A pesar del cambio de gobierno, los espacios y acciones del estudiantado platense seguían delimitados por una “guerra fría reformista” que nos remite a los inicios de la década del sesenta.






Las luchas estudiantiles durante 1966 y un poco más
A fines de agosto, comenzaron a nombrarse las nuevas autoridades universitarias, el Rector Interventor Santiago Gorostiague y los decanos de buena parte de las Facultades. A los pocos días, las casas de Gorostiague y Antonio Bonet (interventor de Humanidades) fueron atacadas con bombas de alquitrán. Las posiciones del estudiantado platense se estaban radicalizando y los actos relámpagos comenzaron a tomar protagonismo: en todos ellos los estudiantes se agrupaban y dispersaban rápidamente, arrojando volantes en las calles de la ciudad. La fuerte represión fue una constante, lo mismo las detenciones, que llegaron a realizarse en la Iglesia San Ponciano, pues la policía había sido alertada por “extraños movimientos”. Unos días antes, en Córdoba, tras una fuerte represión, un grupo de estudiantes comenzó una huelga de hambre, en la Parroquia Cristo Obrero. Con el correr de los días, la medida se replicó en Chaco, Corrientes y San Luis. En La Plata, se solidaridarizaron varios Centros y grupos socialcristianos y a partir de este día, en cada manifestación estudiantil, las iglesias de la ciudad contaron con guardia especial.
Las autoridades interventoras asumieron en una universidad prácticamente amurallada por la presencia policial. La FULP había convocado una “marcha del silencio” que, al ser impedida, adoptó la forma de manifestaciones y actos relámpagos bajo la consigna Junto a la FULP para resistir a los interventores y su séquito de obsecuentes. La represión y las detenciones eran la nota cotidiana, de a treinta o de a quince; periodistas heridos y los desalojos de la la Iglesia San Ponciano (que servía de refugio). En este contexto la FULP intentaba ilustrar el clima:
“Decenas de estudiantes y ciudadanos han sido detenidos hoy. Sin ningún motivo, solo para demostrar que la intervención llegó a la UNLP (…) El interventor asumía su cargo mientras se detenía a decenas de estudiantes que cometían el delito de expresar su desacuerdo con un régimen universitario cuyos objetivos son anti algo: están contra el sistema del Comedor que permite estudiar a jóvenes de la más diversa extracción social, es decir, al pueblo; están contra el ingreso libre en las facultades porque en Argentina sobran profesionales, dicen (…) Pero cada calle se convertirá en un aula. Cada esquina será una tribuna aunque ello nos cueste la libertad. Más de mil policías debieron tomar la Universidad para que asumiera el interventor. Eso señala cuál es la autoridad que representa: revólver, machete, bastón.”
“Declaración de FULP”, El Día, La Plata, 30/08/1966.
A partir del primero de septiembre y con autoridades ya nombradas, las clases debían reiniciarse. En este nuevo contexto, la FULP convocó a asambleas en todos sus Centros que definieron la realización de huelgas estudiantiles y paralizaron por los días siguientes la UNLP. En este marco, llegó el 12 de septiembre la noticia de la muerte del cordobés Santiago Pampillón. Las actividades estudiantiles en su repudio se repitieron en todas las Facultades; un grupo de estudiantes organizó una ceremonia religiosa en San Ponciano, y la UNLP suspendió las actividades por duelo. Como dijo tempranamente el especialista Pablo Bonavena, la muerte de Santiago Pampillón modificó las posiciones en el mapa estudiantil. No solo unificó acciones entre las corrientes reformistas, sino que una gran parte de las fuerzas que habían apoyado el gobierno militar, o habían tomado posturas ambiguas al respecto, pasaron al “bando” de quienes lo repudiaban. Un caso conocido es el de los grupos que constituyeron la peronista Federación Universitaria para la Revolución Nacional, que surgió “oficialmente” mediando el 1966. Estos habían pasado, de articular con la izquierda reformista en 1963-1965 a criticarla abiertamente en 1966 y, luego, colocarse en una posición de “apoyo expectante” al golpe militar. El correr del año y el asesinato de Pampillón modificaron rápidamente esa postura.
Durante 1966 y los años siguientes, las posturas estudiantiles no iban a hacer más que complejizarse, entre otros motivos, porque la represión obligaba a buscar nuevos aliados. En septiembre, una campaña por la apertura del Comedor realizada por la FULP, encontró en la Asociación Obrera Textil y en el gremio de los obreros de Correos y Telecomunicaciones importantes aliados, que abrieron las puertas de sus locales para recibir donaciones.
¿Cómo sigue esta historia? Rápidamente, podemos decir que 1967 fue de reflujo para la resistencia universitaria, y que 1968 cambió la escena platense, adelantándose en un año a los azos de 1969. Pero el mismo año del Mayo francés y la Masacre de Tlatelolco fue clave para la La Plata: el repudio a la Ley Universitaria y a un acto-aniversario por la Reforma prohibido, desató un episodio de protestas que culminó con la ocupación del Rectorado con rehenes, más de 400 estudiantes detenidos/as, el cierre de la UNLP por más de una semana. Durante estos años, la comunidad universitaria y el movimiento estudiantil se opusieron a varias disposiciones que incluyó la sanción de la Ley Orgánica de 1967, entre ellos, el ingreso restrictivo, los aranceles y la presencia policial.
Sin embargo, la protesta no fue respondida solamente con represión. Varios estudios indican que la politización de las universidades fue también contestada con cambios estructurales, basados en la descentralización del sistema, la creación de nuevas casas y el “redimensionamiento” de las tradicionales, y realizados a través del llamado Plan Taquini (de 1971-1973).


El otro impacto de 1966: la renovación en Ciencias Sociales y Filosofía, en la Facultad de Humanidades
Varias cosas más sucedieron luego del golpe de 1966 en la Universidad de La Plata. En Humanidades, en 1965 el Centro de Estudiantes había presentado formalmente un proyecto de Curso de Especialización Sociológica para Graduados Universitarios, con una duración de dos años y orientado a la investigación. Este proyecto promovió también la creación de la carrera de Sociología, en concordancia con la instalación de la disciplina en la UBA bajo la orientación “científica y moderna” de Gino Germani. El debate llegó al Consejo Superior pero se paralizó en junio de 1967. En buena medida, los actores involucrados daban cuenta de las condiciones nada propicias para ello, luego del cambio de régimen político. Por su parte, sabemos que el Curso de Especialización comenzó en 1966 con el dictado de dos materias pero quedó suspendido a fines de 1966 y no volvió a retomarse.
En segundo lugar, la “resistencia desde adentro” promovió la llegada de docentes cesanteados de la UBA. Como se dijo arriba, en la UNLP no hubo un proceso de cesantías ni renuncias masivas, a excepción de Arquitectura y Humanidades. En este segundo caso, renunció Ricardo Nasiff y en 1967 no se renovaron los cargos de tres docentes de Sociología y Educación, Guillermo Savloff, José Tamarit y Alfredo Pucciarelli. Aún contando estos casos, la situación global era marcadamente diferente a la creada en la casa porteña. En La Plata, se constituyó una situación menos inestable que con el correr del tiempo, permitió el ingreso de docentes de renombre como Ricardo Juan Gómez, Gregorio Klimovsky y Miguel Murmis. El ingreso de los dos primeros promovió, concretamente, el crecimiento del área de Epistemología y Filosofía de las Ciencias, dependiente también del Departamento de Filosofía y dio inicio a lo que algunos testimonios recuerdan como una suerte de “época de oro”.
Aunque todo esto convivía con una mayoría de cátedras tradicionales, la creación de espacios y la renovación académica tuvo como resultado la creación de una carrera de posgrado, el Doctorado en Filosofía. Creado en 1970 tuvo dos orientaciones, Epistemología y Antropología-Sección Sociología, que se correspondían además con las cátedras y líneas de trabajo mayormente involucradas en un proceso de renovación disciplinar: Sociología de la Educación (dirigida por Guillermo Savloff), Sociología General (con Horacio Pereyra, Alfredo Pucciarelli y José Sazbón), Antropología Cultural (dictada por Mario Margulis) y Antropología Filosófica (dictada por Néstor García Canclini). A las que debemos agregar las cátedras de Historia Moderna e Historia Argentina de José Panettieri y su grupo de investigación sobre historia socio económica argentina y la carrera de Psicología creada en 1958 en la misma Facultad. Los testimonios describen todo ello como una suerte de “espacio de reflexión crítica sobre el campo de Ciencias Sociales” con la pluralidad disciplinar como nota, que era compartida con las unidades de Económicas, Bellas Artes y Ciencias Naturales y Museo.
Para seguir leyendo:
Suasnábar, Claudio (2004). Universidad e intelectuales: educación y política en la Argentina (1955-1976). FLACSO Manantial.
Bonavena, Pablo (2012). “Conflicto social y protesta en la ciudad de La Plata: el caso del movimiento estudiantil frente a la irrupción de la ‘Revolución Argentina’ ”. En Castillo C. y Raimundo M. (comps.) El 69 platense. Luchas obreras, conflictos estudiantiles y militancia de izquierda en La Plata, Berisso y Ensenada durante la Revolución Argentina. Estudios Sociológicos.
Pis Diez, Nayla (2022). El movimiento estudiantil de La Plata en los tempranos sesenta (1955-1966): O la historia de una guerra fría también propia. Colección: Entre los libros de la buena memoria. UNGS.
Pis Diez, Nayla (2026). La institucionalización de la sociología en la Universidad de La Plata: actores y etapas de un proyecto trunco (Argentina, 1965-1974). Revista Americanía 23. https://doi.org/10.46661/americania.11984
Fuente: Universidad Nacional de La Plata
