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Salud mental, cuidados y apoyos: acompañar sin aislar

Por Romina Urios, integrante de la Prosecretaria de Salud Mental de la UNLP. Licenciada y profesora en psicología. Dra en Ciencias de la Educación. Docente en la Facultad de Psicología.

Salud mental, cuidados y apoyos: acompañar sin aislar

Hablar de salud mental es hablar de mucho más que enfermedades, diagnósticos o tratamientos. También implica preguntarnos por las condiciones en las que vivimos, los vínculos que construimos, las posibilidades que tenemos de participar en la comunidad y los apoyos que necesitamos para desarrollar nuestros proyectos de vida o sostener nuestro día a día.

Durante mucho tiempo, las respuestas al padecimiento mental estuvieron organizadas alrededor de instituciones especializadas, internaciones prolongadas y prácticas que, en nombre de la protección, podían restringir la autonomía de las personas. El cambio de paradigma impulsado por la Ley Nacional de Salud Mental N.º 26.657 propone otra perspectiva: reconocer a las personas como sujetos de derecho, promover la atención comunitaria y construir redes que permitan cuidar sin aislar y asistir sin despojar de autonomía.

La Ley entiende la salud mental como un proceso determinado por componentes históricos, socioeconómicos, culturales, biológicos y psicológicos (art. 3). Su preservación y mejoramiento se vinculan con la concreción de los derechos humanos, por fuera de los cuales no puede considerarse que se goce de salud mental.

Esta definición permite comprender que el padecimiento psíquico requiere tener en cuenta las condiciones de vida, las desigualdades y las relaciones sociales que atraviesan a cada persona.

La concepción de la salud mental como un proceso multideterminado permite así desplazar la mirada desde una explicación exclusivamente biomédica hacia una comprensión integral del padecimiento.

Esta forma de entender el padecimiento mental recupera la noción de determinación social de la salud desarrollada por Cardona Arias (2013). A diferencia de una mirada que identifica factores aislados —como el ingreso, la educación o la vivienda—, este enfoque permite analizar los procesos históricos y estructurales que producen desigualdades.

La salud mental se comprende así como parte de una trama de relaciones sociales y de poder, y no como un fenómeno exclusivamente individual. Lo que enferma a la población son los modos de vida, la producción social de la desigualdad.

Desde esta perspectiva, cuando una persona atraviesa una crisis, no alcanza solamente con preguntarse qué le sucede. También es necesario considerar qué condiciones la rodean, qué recursos tiene disponibles, qué vínculos pueden acompañarla y qué obstáculos encuentra para acceder a la atención o a instancias de cuidados.

Cuidar también es acompañar

Las nociones de cuidados, continuidad de cuidados y apoyos en salud mental resultan centrales dentro de esta perspectiva.

Pensar la salud mental desde este enfoque implica tener en cuenta que las personas no existen por fuera de sus relaciones, de sus vínculos. Los aportes de Pichón-Rivière (1985) permiten comprender el padecimiento y los procesos de salud desde una perspectiva vincular.

Los grupos y las instituciones no son solamente escenarios donde ocurren los problemas. También participan en la producción de subjetividad y pueden constituirse en espacios de cuidado y transformación.

La noción de cuidados permite, además, ampliar la mirada sobre la atención. Cuidar no es solamente intervenir cuando aparece un problema. Implica acompañar procesos, estar atentos para reconocer necesidades, sostener vínculos y construir condiciones para que las personas puedan desarrollarse.

Desde una perspectiva comunitaria, el cuidado incluye también a las políticas públicas, el garantizar instituciones accesibles, equipos de trabajo y redes sociales que permitan compartir responsabilidades.

La Provincia de Buenos Aires ha planteado la necesidad de avanzar hacia políticas de cuidado en salud mental, con un abordaje integral que involucre distintos sectores del Estado y que tenga como eje a las personas y las comunidades. Esto supone reconocer que las situaciones de padecimiento mental pueden estar vinculadas con problemas de vivienda, trabajo, educación, violencia, consumos problemáticos o dificultades de acceso a los servicios.

Cuidar implica entonces construir una relación con otra persona. Esa relación necesita escucha, disponibilidad, respeto por los tiempos singulares y reconocimiento de la capacidad de decisión, en el grado de autonomía con el que cuente la persona en ese momento.

Cuidado no es tutela

Esta es una diferencia central. Mientras que la tutela en salud mental tendía a organizar la vida de alguien desde una posición de autoridad que decide por él o ella, el cuidado busca generar condiciones para que la persona pueda participar en las decisiones que la afectan, en el mayor grado de autonomía posible de acuerdo con su situación particular.

La Ley 26.657 reconoce el derecho a ser acompañado antes, durante y después del tratamiento por familiares, afectos u otras personas que la persona designe. También establece el derecho a recibir información adecuada, clara, completa y comprensible.

Una de las dificultades más frecuentes en los sistemas de salud es la fragmentación de la atención.

Una persona puede recibir una intervención en una institución, ser derivada a otro servicio y luego quedar sin acompañamiento. En estos casos, el problema no necesariamente es la ausencia de profesionales, sino la falta de articulación entre los distintos espacios de atención.

La continuidad de cuidados busca evitar estas interrupciones. Implica que la atención pueda sostenerse a lo largo del tiempo, de acuerdo con las necesidades de cada persona y en articulación con los distintos efectores y actores que participan de su proceso.

El Ministerio de Salud de la Provincia de Buenos Aires plantea, entre sus objetivos, fortalecer la organización integrada de la red para la atención y continuidad de cuidado en salud mental y adicciones, con articulación intersectorial e interministerial.

Continuidad no significa permanencia en una institución. Una persona puede recibir continuidad de cuidados en su domicilio, en un centro de salud, en un hospital general, en un dispositivo comunitario o mediante una red de apoyos.

La continuidad se refiere a la coherencia y articulación del proceso, no a la duración de una internación ni a la permanencia en un dispositivo determinado.

Por ejemplo, una persona que atraviesa una crisis puede requerir una internación involuntaria durante un período breve. Pero esa intervención debería formar parte de una estrategia más amplia que contemple qué sucederá después: quién continuará el acompañamiento, dónde podrá recibir atención, qué apoyos necesitará para sostener su vida cotidiana y cómo se garantizará el acceso a sus vínculos y actividades.

Todo esto se logra si, desde el momento uno de la internación, se empieza a planificar la externación de ese/a usuario/a.

En definitiva, la continuidad de cuidados implica pensar el antes, durante y después de cada intervención.

Apoyos para sostener proyectos de vida

La noción de sistema de apoyos constituye uno de los aportes centrales del paradigma de derechos humanos.

El Código Civil y Comercial de la Nación, en su artículo 43, introduce la figura de los apoyos como mecanismos destinados a asistir a las personas en el ejercicio de su capacidad jurídica. Este enfoque desplaza los modelos de sustitución de la voluntad por formas de acompañamiento.

En salud mental, los apoyos pueden comprenderse como una combinación de estrategias, recursos, vínculos y dispositivos que permiten a las personas desarrollar sus capacidades, participar en la comunidad y sostener sus proyectos de vida.

No todas las personas necesitan los mismos apoyos ni los necesitan durante todo el tiempo. Algunas pueden requerir acompañamiento para organizar actividades cotidianas; otras, apoyo para acceder a un tratamiento, sostener una vivienda, realizar trámites, participar de espacios educativos o laborales, o atravesar una situación de crisis.

Estos apoyos tienen como objetivo promover el desarrollo, la educación, la participación, el bienestar, la realización de aspiraciones y un desempeño con mayor grado de autonomía en entornos cotidianos, respetando la voluntad y la toma de decisiones de las personas usuarias de los servicios de salud mental.

Por eso, los apoyos deben ser singulares, flexibles y revisables. Su finalidad no es aumentar la dependencia, sino favorecer la participación y la vida en comunidad.

El desafío consiste en construir redes de cuidado que no se limiten a atender el padecimiento, sino que también favorezcan la participación, la inclusión y el desarrollo de proyectos vitales.

Desde esta perspectiva, cuidar en salud mental también significa cuidar las condiciones que hacen posible una vida en comunidad.

Fuente: Universidad Nacional de La Plata

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